martes, 22 de julio de 2014

La inspección de sanidad y las paradojas del desarrollo

Esta mañana vinieron a visitarnos los inspectores de sanidad, una cita tradicional en nuestros campamentos.
Muy amables la médico y la veterinaria que saludan con la familiaridad de habernos visto ya en muchas batallas campamentales e instalaciones.
   Felicitaciones por el orden y la limpieza. Recomendaciones prácticas sobre documentaciones y burocracias y un diálogo en el que siempre se aprende algo.
   Análisis de agua que ratifica su potabilidad y las condiciones de idoneidad para su consumo aunque nosotros empleemos la mineral. Y reflexión compartida sobre el incómodo virus. Descartado problema alimenticio. Tampoco el del agua.
   Su dictamen apunta hacia el río. Es el único agua que ellos no pueden tratar. Su gestión corresponde a Seprona y cuidan por su salubridad y por las óptimas condiciones en relación con el medioambiente y el ecosistema. Pero a virus gástricos no llega la cosa. Entre otras razones porque el virus cumplirá su función en el ecosistema, aunque sea difícil intuir cuál pueda ser en concreto.
   La conversación se escora hacia la filosofía y hacia las paradojas del desarrollo. Bajo su punto de vista los lugareños estarán más que inmunizados. Como nosotros ahora. Cualquier buchecito en uno de los baños podría haber sido suficiente para comenzar un contagio cuyo precio fue finalmente el de 12 horas de malestar, vómitos incluidos. Tras ese precio, el cuerpo queda preparado para seguir disfrutando de sus aguas, de su rumor y del privilegio de poder vivir algo que antes era cotidiano y ahora tan al alcance de tan pocos.
  Contemplando su curso surgen las paradojas entre los coordinadores. Nuestras aguas están tan cloradas, yodadas, mineralizadas, repletas de bífidus que el cuerpo tiende a acostumbrarse a un bienestar que no es conciliable con las exigencias de un río.Y la paradoja se torna en mi interior en multiplicidad de otras metáforas sobre cómo el desarrollo me proporciona bienestares que inhabilitan otras resistencias para las que la persona está capacitada. Hasta el punto de que ahora nos abonamos a la resiliencia para compensar estas carencias y lo sugerimos como la piedra filosofal del hombre contemporáneo.
  Sentados junto al río, disfrutamos de la tranquilidad que ofrece el poder descartar fuentes del contagio y el entender que hay cosas que son como son y que el río, como la vida, impone sus peajes. Sentados junto al río, conversamos sobre las paradojas y meditamos en los interrogantes relacionados con aspectos de la vida que van más allá de los quince días que dura el campamento. Sentados junto al río ya habrá momento de valorar las soluciones para futuros años y campamentos. Ahora que ya estamos inmunizados, nos queda una semana para disfrutar este entorno privilegiado.
   El rumor del río queda apagado por el de las canciones y los juegos de los niños. Diez minutos de descanso son muchísimos para un coordinador. Volvemos al trabajo.
 

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